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Primer rezo registrado a Naga
madre sin corona,
te vi llegar desde donde otros
apartaban la mirada.
Vi tus alas cansadas.
Vi la sangre sobre tus plumas.
Y vi entre ellas una vida
que habías elegido sostener.
No te conocí por tu nombre.
No sabía todavía
qué debía aprender de ti.
Pero llegaste hasta mis manos
cuando las tuyas ya no podían continuar.
Enséñame entonces
a reconocer la vida
aunque la encuentre entre despojos.
Que no desprecie lo poco
por haber conocido la abundancia.
Que mis manos sepan usar
aquello que todavía puede sostener,
y que nunca confunda lo humilde
con lo indigno.
Si cuidar exige ensuciarme,
que no busque pureza para mis manos.
Si exige quedarme,
que no busque excusas para partir.
Si exige pedir ayuda,
que el orgullo no cierre mi boca.
Y cuando mis brazos ya no basten,
enséñame a confiar en otras manos.
Que no llame abandono
a reconocer mi límite.
Que no llame mío
a aquello que me ha sido dado cuidar.
No me hagas fuerte, Naga.
Hazme capaz.
Capaz de permanecer
cuando nadie esté mirando.
Capaz de cuidar una vida
sin reclamarla como posesión.
Capaz de entregarla a otras manos
si en ellas puede continuar.
No permitas que la muerte
me haga olvidar lo que todavía respira.
Ni que el dolor por aquello perdido
me vuelva ciego a lo que permanece.
Si todo alrededor parece ruina,
enséñame a buscar el latido.
Y si lo encuentro,
que no aparte la mirada.
Naga,
madre sin corona:
que la vida que pase por mis manos
no me deba nada por haber sobrevivido.
Que viva.
Con eso basta.