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El Códice de Thorva
nelkaenai da Torva
EN CURSO

Antiguo relato sobre un grupo de esclavistas que intentó atravesar el Bosque Negro de Enea. Conservado entre los relatos atribuidos a Thorva.
Cuentan los ecos que esa noche fue oscura.
La penumbra era nuestra aliada de siempre, y esa noche nos sirvió bien. El olor a paja quemada y el eco de los gritos eran la música que acompañaba nuestro trabajo. Pueblos como este, dormidos y tranquilos, se quebraban con facilidad. Mi espada no era más que una herramienta para abrirme paso entre el pánico, empujando a la multitud mientras mis ojos barrían las sombras en busca de los cobardes que se escondían.
Y en medio de ese infierno de ruido y ceniza, la vi.
Estaba de pie, intacta entre las llamas y la sangre que manchaban todo a su alrededor. Una niña, no tendría más de seis años, completamente inmóvil. No lloraba. No gritaba. Solo me miró. El caos a mi alrededor pareció enmudecer. No era miedo lo que vi en sus ojos, ni odio. Era una lástima tan profunda que, por un instante, me sentí juzgado, desnudo bajo su mirada. Un frío inexplicable me recorrió la espalda, una sensación extraña que me hizo querer apartar la vista.
La observé, paralizado por un segundo, hasta que uno de mis hombres la tomó del brazo y se la llevó con el resto de las mujeres.
El caos de la batalla dio paso al frío negocio. Conocía bien el guion: los fuertes, atados para la venta; los inútiles, sacrificados para no ser una carga. Hombres, mujeres y niños, todos convertidos en mercancía con destino a la ciudad de Tekal. Un viaje largo y lleno de peligros, sí, pero el brillo del oro siempre justificaba el riesgo. Lo había hecho con mi padre incontables veces, sabía cómo quebrarles el espíritu. Los arrastrábamos como bestias, encadenados. Los afortunados morirían rápido o encontrarían un dueño en el camino. El resto se iría rompiendo lentamente, suplicando por agua y comida hasta que sus voces no fueran más que un susurro.
Y allí, en el primer día de marcha, entre el mar de lamentos de las otras mujeres, la encontré de nuevo. El mismo silencio. La misma mirada.
Se mantenía impasible. Sin una pizca de miedo. Me dije que era idiota, que no entendía nada. O que estaba loca.
Las primeras noches son un nido de víboras. Los esclavos aún tienen fuerza y la esperanza estúpida de rebelarse, por eso no les quitamos los ojos de encima. Mi guardia transcurría sin novedad, una rutina de acero y silencio, hasta que la distinguí en las sombras.
Canturreaba para sí misma mientras sus dedos danzaban en el aire, tejiendo algo invisible. Un hilo de sombra, una cuerda de nada. Di un paso para acercarme a callarla, cuando sus ojos se cruzaron con los míos.
Esa maldita mirada otra vez. Jodidamente profunda. Llena de una piedad que no le correspondía. Era la forma en que una madre mira a su hijo moribundo.
—¿¡Qué me miras!? —escupí, pero la voz me tembló, sonando patética.
Ella, impávida. Ni un músculo de su cara se movió.
Apreté el puño de mi espada. —¿Quieres que te saque los ojos? ¡Mira a otro lado o te mato ahora mismo! —gruñí, intentando recuperar el control. Fue inútil. Los sollozos de las mujeres a su lado fueron la única respuesta a mi amenaza.
Pero ella seguía allí, con esa expresión insoportable. Le di la espalda, me marché a dormir, con el orgullo herido y la rabia quemándome en el estómago.
Los días se fundieron en una rutina de polvo y sol inclemente.
Intenté perderme en la monotonía del camino,
en el peso de mi equipo y en las conversaciones vacías de los hombres,
aunque era inútil. Su imagen se colaba por el rabillo del ojo: siempre estoica,
siempre observando, inmune al cansancio que nos carcomía a los demás.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban fugazmente,
sentía el mismo frío inexplicable.
Así, entre la negación y la vigilancia, nos acercamos al paso más complicado del camino: el Bosque Negro de Enea.
Un páramo sombrío, de árboles muertos y secos.
No había agua ni lugar donde descansar, pero el riesgo lo valía: vender esclavos en Tekal lo redituaría.
La última guardia. El sueño pesaba como plomo en mi cabeza. La vi acercarse y por un momento creí que era una mala pasada de mis ojos cansados. Pero la sombra tomó forma y avanzó hacia mí, libre.
El instinto se apoderó de mí. Salté sobre mis pies, la espada ya en mi mano, un gesto automático para reafirmar quién mandaba allí.
—¿¡Cómo demonios te has soltado!? —gruñí, tratando de que mi voz sonara como la de un amo y no como la de un hombre desconcertado—. ¡No des un paso más!
Se detuvo, pero no por mi orden. Sus ojos me encontraron en la penumbra, y fue ella quien habló, con una voz tan delgada y cortante como un hilo.
—Vas a morir —afirmó, como si declarara que el sol saldría por la mañana—. Tú. Tu padre y tus amigos. Serán devorados, poco a poco.
Hizo una pausa, y yo apenas respiraba, atrapado en su calma imposible.
—Puedes salvarlos —concluyó, su voz ahora un susurro que se sentía como una orden—. Solo tienes que cortar la cuerda...
Reí, una carcajada sonora y burlona que se ahogó en mi garganta, porque algo dentro de mí se estremeció. Bajé la mirada para tomarla del brazo y, como si siempre hubieran estado allí, de su sombra brotaban patas largas, negras y afiladas, como las de una araña enorme. Antes de poder siquiera pensar, abrí los ojos con un grito ahogado. Solo era un sueño, pero el temblor de mis manos era demasiado real.
Nos adentramos a las fauces del bosque.
Yo me acerqué a verla, esperando que el hambre y el cansancio ya hubieran quebrado su rostro.
Como a los demás.
Pero no.
Nada en ella cambiaba.
Tomé el látigo.
Estaba a punto de golpearla, de borrar esa expresión de su rostro, pero mi movimiento se quedó en el aire por una ola de pánico en los caballos, que comenzaron a relinchar como si el mismo infierno se hubiera abierto paso entre los árboles. Presencié, como si el tiempo se hubiese detenido solo para mostrarme cada detalle de la desgracia, el corcel de mi padre cayendo, no como una bestia que tropieza, sino como una marioneta a la que le cortan los hilos. Un grito ahogado, un peso sordo; sus piernas quedaron destrozadas. En cuestión de horas, la fiebre comenzó a devorarlo. A mi alrededor, los hombres murmuraban, su preocupación centrada en el guía que acababan de perder. Yo apenas los oía. Mi mirada estaba clavada en la niña, que no había movido un músculo. Una certeza fría y aterradora se instaló en mi mente: esto no había sido un accidente.
Al caer la noche, la respiración de mi padre se había convertido en un jadeo agónico, salpicado de palabras sin sentido que la fiebre le arrancaba. No podía apartar de mi mente su advertencia. Me puse en pie y salí a buscarla. La encontré junto al fuego apagado, pero no estaba atada. Jugaba, tejiendo el mismo cordón inexistente entre sus dedos mientras tarareaba esa maldita canción de cuna.
La rabia me cegó.
Saqué la espada, caminé hacia ella y, sin dudar… la atravesé.
Pero de la herida no brotó sangre, sino un torrente de pequeñas arañas negras que salían como humo. Retrocedí a trompicones, solo para sentir que algo invisible me sujetaba con la fuerza de una red de pesca, una telaraña asfixiante que se apretaba contra mí con cada intento desesperado por liberarme. Me debatí como un animal atrapado, grité, y la vi surgir de la oscuridad.
Era una araña colosal. Se quedó inmóvil, mirándome.
—Corta la cuerda…
Una mano en mi hombro me arrancó de la visión. La voz de uno de mis hombres sonó lejana y rota.
—Tu padre ha muerto…
Me volteé de golpe, empapado en un sudor frío y el corazón desbocado. ¿Todo estaba en mi cabeza?
Entré en la tienda y la realidad me golpeó con más fuerza que cualquier pesadilla: mi padre yacía allí, hinchado, con una expresión de puro dolor grabada para siempre en su rostro. Afuera, la inquietud se había apoderado de los hombres hasta que Yosé, su más cercano, tomó el control con una autoridad forzada.
—Tranquilos. Solo hay que seguir. En unos días saldremos del bosque —dijo con una cara que intentaba inútilmente mostrar seguridad.
Mi mente estaba en otra parte; mis manos se movieron por instinto para cavar la tumba de mi padre. Quería darle ese último respeto, pero el suelo se burló de nuestro dolor: duro como el hierro, insensible a nuestras palas. Cada golpe era un esfuerzo agotador que apenas levantaba un puñado de tierra reseca. Al final, nos rendimos, dejándolo en un hueco miserable que no protegía nada. Fue mi primer fracaso como su hijo: abandonarlo a merced de lo que fuera que acechara en la oscuridad de ese lugar.
Con ese amargo adiós a nuestras espaldas seguimos caminando.
Nuestro avance se había reducido a un arrastrar de pies a ciegas. La niebla del bosque se espesó hasta convertirse en una pared blanca y húmeda, tan densa que nos obligó a atarnos unos a otros con una soga. Apenas podíamos ver la mano frente al rostro, confiando ciegamente en la tensión de la cuerda que nos unía a Yosé.
Y de repente, esa tensión desapareció.
La soga quedó inerte. Tiramos de ella. Vino hacia nosotros, flácida, su extremo deshilachado como una burla silenciosa en la bruma. Gritamos su nombre hasta enronquecer, pero el único eco era el de nuestro propio pánico. La búsqueda fue un caos frenético que duró horas, hasta que el terror a separarnos, o toparnos con aquello que había cortado la cuerda, nos paralizó por completo.
Esa noche, alrededor de una fogata inútil que apenas perforaba el velo blanco, les supliqué: «Soltemos a los esclavos. Olvidemos el dinero y huyamos de aquí». Pero sus ojos, iluminados por las llamas, solo reflejaban el brillo del oro que aún creían tener al alcance. Para ellos, era una fortuna que justificaba el riesgo. Para mí, se había convertido en el precio de nuestras almas.
La niebla se retiró con la luz del amanecer, pero el sol no trajo alivio, solo reveló la cruda verdad: estábamos irremediablemente perdidos. En un intento desesperado por encontrar agua o un rastro conocido, nos separamos en pequeños grupos.
Fue mi grupo el que lo encontró. O lo que quedaba de él. Al principio solo era una figura extraña contra un árbol retorcido, una silueta que no encajaba. Era Yosé. Estaba atado al tronco con las mismas cuerdas que debían protegerlo.
Balbuceaba incoherencias, atrapado en una pesadilla de la que ya no tenía ojos para despertar. Avancé para intentar soltarlo, pero uno de mis compañeros se me adelantó y le hundió la espada en el pecho, sin una pizca de piedad. O quizás, en medio de ese infierno, fue el acto más piadoso de todos.
Corrimos de vuelta para avisar a los demás. Nadie habló de Yosé durante el camino. No sabíamos qué decir de él, ni qué podía esperarnos después de encontrarlo así.
El humo fue lo primero.
Mucho antes de alcanzar el campamento sentimos su olor entre los árboles. Después llegó el de la carne quemada.
Apresuramos el paso.
Cuando distinguimos las primeras llamas entre la niebla, escuchamos los gritos.
El campamento era una carnicería sin sentido.
Un hombre se arrancaba la piel del rostro a tiras mientras gritaba sobre sombras y arañas. Dos más se apuñalaban en el vientre, trabados en un abrazo mortal. El resto de la partida masacraba a los esclavos, acusándolos a gritos de brujería.
El bosque ardía a nuestro alrededor.
Y en medio de todo ese pandemonio, la escuché, su voz tan clara como el silencio.
—Corta la cuerda…
La distinguí entre las llamas, caminando hacia mí a través del fuego y la locura, completamente intacta, serena. Sus ojos no reflejaban las llamas, solo esa misma insoportable lástima.
—¡Corta la cuerda! —repitió.
—¡Ni siquiera estás atada! —le grité, con la garganta rota por la desesperación.
Ella se detuvo a un palmo de mí.
—Corta tu propia cuerda.
No sé por qué lo hice. Quizás fue la locura. O quizás fue la primera vez que sentí el nudo apretado alrededor de mi propio cuello.
Me interpuse entre mis antiguos amigos y sus víctimas, desatando a los esclavos, gritándoles que tomaran los caballos, las carretas, que huyeran sin mirar atrás. Peleé contra mis propios hombres para comprarles unos segundos de vida, una batalla inútil contra bestias enfurecidas que me llamaban brujo y traidor. Me rodearon, sus espadas buscando mi carne, me defendí con la fuerza que me daba la desesperación, pero su número y su furia fueron demasiado. Una hoja encontró su camino, luego otra, y de repente, todo se volvió negro.
Desperté en la orilla del bosque muerto de Enea.
Y junto a mí… estaba ella.
Sentada.
Mirándome.
—¿Dónde estoy? —dije con el recuerdo fresco del acero chocando, el humo y la sangre.
—Las cuerdas no solo atan a los cautivos, también a quien las sostiene —dijo.
No respondí.
Solo la miré.
Y por primera vez… entendí.
Ella nunca había sido prisionera.
—¿Y ahora qué? —pregunté, apenas audible.
Ella se puso de pie.
El sol comenzaba a colarse entre los árboles.
La neblina y el fuego habían desaparecido.
Solo quedaban los caminos.
—Ahora te toca decidir… si quieres ser hilo que sostiene o cuerda que aprisiona.
Cuentan los ecos que, con el tiempo,
a las orillas del Bosque de Enea nació un pueblo sin nombre,
donde los esclavistas desaparecían antes de cruzar los límites,
y los cautivos encontraban pan, fuego y silencio.
Nadie sabe quién lo fundó.
Solo que el primer muro se levantó con restos de carretas,
y que en la entrada cuelga una telaraña de metal ennegrecido,
torcida y hermosa,
como si alguien la hubiese tejido
con manos firmes
y una decisión irreversible.