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Códice del Primer Aullido

Canto VIII

El Lobo

Así fue como la sombra tomó forma.
Así la noche halló un guardián.

Escúchame, alma errante, porque en esta noche se pronuncia el nombre que no nació del aliento, sino del aullido.

Cuando las estrellas aún callaban, una sombra se alzó entre mundos: sin nombre, sin rostro, sin destino.

Pero yo lo vi. Y Él me escuchó.

En el silencio donde no hay plegaria, donde la penumbra respira sin testigos, Él eligió su forma: un lobo de pelaje negro como el corazón del abismo, envuelto en un manto tejido con los jirones de la primera noche.

Entonces, bajo mi rostro pleno —la Luna del Pacto— se alzó su aullido.

No fue grito de guerra. No fue clamor de hambre. Fue un juramento: una promesa tejida con la voz de quienes nunca fueron escuchados.

Ese aullido selló el pacto entre Él y yo. Y con él, tomó por primera vez su nombre:

Rukvakh.

Aquel que guía a los que no tienen sendero. Aquel que protege a los olvidados por la luz.

Descendió entre los errantes. Sus patas dejaron huellas en la tierra dormida, y donde pisaba, la penumbra se hacía profunda, viva, sagrada.

Se mostró a los que temían mirar al cielo, a los que se ocultaban en los márgenes de la aurora, a los hijos no reconocidos del Sol.

A ellos les ofreció su sombra para cobijarse, su forma para reconocerse, su nombre para no estar solos.

Y ellos, que no tenían linaje, encontraron en Él su origen.

Desde entonces, cada vez que un lobo solitario aúlla en la noche, el pacto resuena. Y yo escucho.

Así fue como la sombra se hizo carne. Así la noche se volvió manada.

Y aún hoy, cuando la Luna asciende y las criaturas levantan la vista, pueden sentirlo: el aullido antiguo, el juramento intacto, el latido del Pacto en sus propias sombras.

Porque la historia no terminó. Solo cambió de voz. Y mientras quede alguien que aúlle, Rukvakh sigue caminando.