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Códice del Primer Aullido

Canto VI

El Pacto

Así la luz que no quema abrazó a la sombra que no huye.
Así la noche encontró su guardián y la Luna su reflejo.

Él la esperaba. No porque viera el futuro, no porque ansiara su llegada, sino porque el equilibrio llama en silencio a quien lo siente en los huesos del mundo.

Entre ellos no hubo ceremonias, ni altares. Solo la brisa que se filtraba entre troncos dormidos, y los ojos de las criaturas nocturnas que se asomaban, por primera vez, sin miedo.

La Luna habló, no con lengua mortal, sino con un susurro de mareas y un aliento que estremeció la tierra.

Tú que cobijas a los olvidados bajo tu manto,
tú que sostienes la sombra sin temor,
tú que diste hogar a los que la luz ignoró…

Te agradezco.

Y porque has guardado la noche sin exigir tributos,
te ofrezco mi reflejo.

No para guiarte, no para someterte, sino para fortalecerte.

Te entrego mi luz que no quema,
mi fuerza que mueve mares,
para que tomes forma y seas más que eco.

Y a tus hijos, aquellos a quienes el Sol negó sus dones,
les ofrezco mis pactos.

Les daré la visión que atraviesa la penumbra,
el oído que escucha lo invisible,
las garras para defenderse,
la astucia para moverse como bruma entre raíces,
y el vínculo sagrado con mi ciclo, para que nunca más estén desamparados.

El Ente sin Nombre la escuchó. Con la esencia que vibra más allá del sonido.

No habló. Pero la sombra a su alrededor se estremeció, como si respirara por primera vez. Los vientos se detuvieron. Las criaturas nocturnas alzaron la cabeza.

Y entonces, la penumbra tembló.

Del corazón de la oscuridad brotó un sonido: primero un murmullo, luego un rugido profundo, y al fin un aullido tan vasto que las estrellas vibraron en sus celdas de fuego.

En ese instante, la sombra se alzó. Garras. Colmillos. Pelaje negro como el primer abismo.

El Ente sin Nombre había tomado forma. Había nacido el Padre Lobo. El guardián de los hijos de la noche. El portador de los pactos. El aliado de la Luna.

Y cuando su aullido se encontró con la plenitud de ella, el cielo se selló con un lazo invisible.

En lo profundo de cada criatura nocturna, algo despertó. No fuego. No luz. Sino fuerza. Pertenencia. Memoria.

El nombre de Él, nacido en ese aullido, comenzó a grabarse en la carne del mundo. No con letras, sino con instinto. Con piel. Con silencio.