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II. El camino a Vardhel

La noche me tragó.
Primero fue el aire: se volvió espeso, como si el mundo hubiera aprendido a respirar sin mí.
Luego la piel: sentí anzuelos tirar de cada poro, hilándome hacia adentro.
Un zumbido antiguo me llenó los oídos.
El bosque alrededor se encogió hasta el tamaño de una grieta.
La sombra avanzó desde detrás de mis ojos y me partió en dos.
Frío.
Un frío tan puro que parecía haber nacido antes del agua.
El suelo retrocedió, como si yo cayera sin moverme.
Vi cosas dentro de la oscuridad: rostros que amé, sangre que no quise ver, la figura de una doncella que jamás pronunció un grito completo.
Ailsar sopló su carcajada muda detrás del vidrio de lo real, y por un instante creí que había vuelto al templo.
—Mírame —dijo Rukvakh.
Sus ojos sostuvieron mi miedo hasta que dejó de correr.
Sentí que la noche me desmembraba y me armaba otra vez, pieza por pieza, con una paciencia que ningún dios de oro conoce.
Entonces vino el dolor.
No como cuchillo, sino como un puño cerrándose sobre mi pecho.
Dos, tres, cuatro latidos que casi me rompen.
Respiré… y el aire trajo olor a pan y a humo.
La clase de humo que yo conocía muy bien.
Caí de rodillas sobre piedra húmeda.
El mundo nuevo me recibió con campanas: cada golpe acusaba.
La torre blanca que las escupía al cielo parecía juzgar a todos con un dedo.
—Levántate —susurró Rukvakh—. Este es un lugar de hombres. Aquí la luz pesa. Tu tarea es ver, no tomar.
Me puse en pie.
El viento arrastró ceniza, y un trozo de estandarte con un símbolo dorado —un halo atravesado por una llama— brilló un segundo antes de opacarse bajo el hollín.
A la puerta de un almacén, un niño dormía dentro de un costal vacío.
Sobre su frente, alguien había dibujado con carbón la misma llama.

La frase tallada en el dintel me cortó como si tuviera filo:
“La llama no juzga: purifica.”
—¿Purifica qué? —pregunté.
—Lo que les estorba —respondió la sombra.
Apreté la mandíbula.
Aquel mundo no era el mío, pero su arquitectura me dolía con recuerdos propios.
Reconocí el mármol, los corredores de plegaria, los hombres que usan túnicas por fuera del hambre y medallas por dentro de la culpa.
—Escribe —dijo el Lobo—. Escribe aunque no entiendas.