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El Libro del Forastero

IV. La casa donde el pan no alcanza

Se llamaba Eira.

No llevaba anillos ni velos de fiesta; su belleza no descansaba en el rostro, sino en la firmeza con que sostenía el mundo: esa obstinación de quien aprendió a no pedir permiso para respirar.

Su hijo, Erven, se pegaba a su falda como quien teme que el viento se lo lleve.

Caminamos por calles que olían a invierno y aceite de lámpara. Su choza, pegada a otras cuatro, rezumaba humo por las rendijas.

Eira abrió la puerta y se apartó apenas lo necesario para dejarme pasar.

—Entra —dijo—. Aquí al menos no sopla el viento.

Dentro, el espacio era estrecho, pero cálido.

Eira abrió un mueble viejo, rebuscó entre telas plegadas y sacó una camisola que olía a madera. Me la tendió sin ceremonias.

—Ponte esto. Era de mi marido. No preguntes nada, ¿sí?

Asentí. No tenía intención de preguntar.

—Gracias… de verdad —alcancé a decir, sintiendo que ninguna palabra era suficiente.

—Mientras no te congeles, alcanza —respondió mientras se acercaba al fuego.

Cuando el silencio se hizo lo bastante grande como para sostener una disculpa, dije:

—No debí hablar.

—No debiste callarte —respondió ella—. Pero aquí el silencio se paga más barato.

Horneó pan y lo partió sin mirarnos. Erven lo llevó entre sus manos como si cargara una estrella y me ofreció la miga más pequeña.

—Es para que no estés triste —dijo.

Sonreí sin querer.

Ni siquiera sabía que quedaba dentro de mí un lugar donde pudiera hacerlo.

Mientras partía el pan, pregunté:

—Si no creen… ¿por qué siguen rezando?

Eira sopló el polvo de harina de sus manos.

—Por costumbre —dijo—. Por miedo, casi siempre. Y porque a veces lo único caliente que queda es una mentira bonita.

Nos miramos poco al principio; no por pudor, sino por respeto a lo que dolía.

La noche llegó con un zumbido de campanas que no querían dormirse.

Cuando Erven se durmió junto a la chimenea, me quedé oyendo el respirar de la casa.

Eira lavaba un tazón. El agua no quitaba la grasa, pero hacía ruido… y a veces eso basta.

Se quedó mirando la llama que apenas sobrevivía en el fogón.

—Tengo miedo —confesó, sin volverse—. Del pueblo. De lo que inventan. Aquí queman por menos que una mala mirada.

Tragué saliva.

—Yo también tengo miedo.

Ella apretó los labios, como quien decide si confiar o no.

—Si un día puedes elegir… elige no arder. Nadie merece eso.