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SECUENCIA I

1

Voz sin Nombre

Día 71

No soy un mal hombre.

Necesito empezar por eso.

Si escondí comida fue por precaución. En la corte vi inviernos difíciles. Aprendí que el hombre que piensa un mes antes siempre termina ayudando al que solo piensa en hoy.

Mi esposa decía que exageraba.

Tal vez exageraba.

Pero gracias a eso sigo comiendo.

Nunca imaginé que tres costales de carne seca pudieran convertirse en un secreto.

Los escondí debajo del falso fondo de uno de mis baúles. Nadie revisó ahí cuando cruzamos la Puerta. Supongo que todos estaban demasiado ocupados llorando por las joyas que ya no valían nada.

Yo pensaba en comida.

No hice nada malo.

Traje lo que era mío.

La situación afuera empeora.

Los soldados ya ni siquiera fingen que pueden alimentarnos.

Cada vez vuelven con menos carne.

Con menos raíces.

Con menos respuestas.

Ayer uno de ellos le dijo a una anciana que si quería comer, saliera ella misma al bosque.

La mujer apenas puede caminar.

Mi sirviente ya no me llama "señor".

No lo había notado hasta hoy.

Simplemente dejó de hacerlo.

Le pedí agua.

Me respondió:

"Cuando vuelva."

Ni siquiera me miró.

Hace tres meses lo habría azotado por mucho menos.

Ahora ni siquiera estoy seguro de que me obedecería.

Aquí ya nadie recuerda quién era quién.

El hambre iguala demasiado rápido.

Hoy esperé a que saliera para comer.

Solo un poco.

Muy despacio.

Masticando casi sin hacer ruido.

Después escondí otra vez la bolsa.

Limpié la mesa.

Las manos.

Hasta me enjuagué la boca.

No quería dejar olor.

Creo que lo notó.

No sé cómo.

Quizá fue mi imaginación.

Pero me observó demasiado tiempo.

Después preguntó:

—¿Queda comida?

Le respondí que no.

Mentí.

No me gusta mentir.

Nunca me gustó.

Pero tampoco puedo repartirla.

Si doy un pedazo…

mañana pedirán otro.

Después otro.

Y cuando quiera darme cuenta, no quedará nada.

No.

Estoy haciendo lo correcto.

Alguien tiene que pensar en el futuro.

Esta tarde me ofreció unas raíces.

Dijo que las encontró cerca del río.

Insistió en que yo comiera primero.

No entendí por qué.

Por un momento pensé que sabía.

Que quería comprobar si aceptaba.

No las probé.

Las dejó junto a mi cama antes de irse.

Siguen ahí.

No deja de mirarme.

O quizá soy yo quien no deja de mirarlo.

Si habla…

vendrán todos.

No solo él.

Todos.

Quince.

Veinte.

Cincuenta.

Me quitarán todo.

Pensarán que soy un monstruo.

Y después también morirán de hambre.

No sirve de nada repartir tres costales entre cientos de personas.

Solo retrasaría lo inevitable.

No puedo dejar que hable.

No porque lo odie.

Porque no entiende.

Todavía no entiende.

Me sorprende lo fácil que resulta pensar ciertas cosas después de vivir en Rigram.

Hace unos meses jamás habría escrito una frase como esa.

Ahora ni siquiera estoy seguro de que sea falsa.

Esta noche volverá tarde del río.

Siempre vuelve tarde.

Dice que el agua baja más limpia cuando oscurece.

Nunca mira hacia atrás.

Ojalá mañana me avergüence de haber escrito esto.