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SECUENCIA I

Voz · Skipper

Hoy recordé una cosa.

O creo que la recordé.

No importa.

La escribiré antes de que vuelva a escaparse.

Cuando era joven navegué mucho.

No tanto como los verdaderos marineros, pero lo suficiente para saber cuándo una tormenta iba a romperte los dientes y cuándo solo quería asustarte.

Éramos siete hombres.

O nueve.

No.

Siete.

Creo.

Atravesamos el Mar Gris durante semanas.

Las olas eran tan altas que a veces parecía que el cielo intentaba hundirse encima de nosotros.

Uno de los muchachos vomitó tres días seguidos.

O fui yo.

No lo recuerdo.

Encontramos una isla.

Pequeña.

Llena de gente aún más pequeña.

No niños.

Solo personas bajitas.

Muy amables.

Muchísimo más amables de lo que uno espera encontrar en medio del mar.

Nos dieron comida.

Nos dieron camas.

Nos dieron alcohol.

Aunque, la verdad, su alcohol era terrible.

Rascaba la garganta como si estuvieras tragando arena caliente.

Recuerdo que fingí disfrutarlo para no ofenderlos.

O quizás sí me gustó.

En aquel tiempo me gustaban muchas cosas malas.

No sabían cocinar.

Eso sí lo recuerdo perfectamente.

Sus pescados estaban quemados por fuera y crudos por dentro.

¿Cómo se consigue algo así?

De verdad me gustaría saberlo.

Uno pensaría que si vives en una isla aprenderías a cocinar pescado.

Pero no.

Eran horribles.

Muy buena gente.

Pésimos cocineros.

Había una muchacha.

O un muchacho.

No.

Una muchacha.

Estoy casi seguro.

Tenía una risa rara.

Como esas aves que cantan cerca de los acantilados.

Pasamos una tarde entera hablando.

Aunque ahora que lo pienso no compartíamos idioma.

Quizás no hablamos.

Quizás solo nos sentamos juntos.

Es extraño lo poco que queda de algunas personas.

Hubo un tiempo en que pensé que jamás la olvidaría.

Y ahora ni siquiera recuerdo su nombre.

Ni su rostro.

Ni el color de su cabello.

Solo recuerdo que existió.

Y que reía.

Me pregunto si eso es lo que ocurre cuando uno muere.

No desaparecer.

Sino quedarse reducido a unas pocas cosas.

Una risa.

Un olor.

Una forma de caminar.

Como esas casas viejas que pierden el techo, luego las paredes y después las puertas.

Hasta que solo queda una piedra.

Y alguien pasa junto a ella preguntándose quién vivió allí.

No sé por qué estaba escribiendo sobre esto.

Había algo más.

Algo importante.

La tormenta.

No.

La muchacha.

No.

El alcohol.

Tampoco.

Había una razón.

Estoy seguro.

Algo que quería decir.

Quizás era sobre Rigram.

Todo termina siendo sobre Rigram.

Antes podía recordar años enteros.

Ahora pierdo pensamientos antes de terminarlos.

A veces entro en una habitación y olvido por qué fui.

A veces despierto convencido de que estoy en casa.

A veces escucho una voz entre la lluvia y durante un instante creo reconocerla.

Tal vez por eso escribo.

Porque me da miedo.

No morir.

Eso ya no me asusta demasiado.

Me da miedo olvidar.

Olvidar a mi madre.

Olvidar mi hogar.

Olvidar mi propio nombre.

Ah.

Ya recordé.

La isla.

La razón era la isla.

Porque aquellas personas pequeñas no sabían cocinar.

Pero eran amables.

Y ahora que lo pienso...

quizás eso era más importante.