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I. El Canto de las Mascaras de Luz

Así fue como le oí por primera vez.
Así comenzó el fuego que luego devoraría mi alma.
No fui yo quien buscó un dios.
Fue su voz quien me halló,
cuando era un niño temblando en la oscuridad,
con miedo de cada sombra que rozaba mi cama.
“Ven”, me susurró una lengua hecha de oro y miel.
“Ven a mí, pequeño siervo,
y yo haré que la noche no te toque nunca más.”
Y, como todos los hombres antes que yo, caí de rodillas.
Me enseñaron que su luz era vida,
que sus ojos de fuego veían todo,
y que su mano extendida podía bendecir o quebrar.
Le llamaban Ailsar,
el Creador del Amanecer,
Señor de los Cielos Altísimos,
Padre de la Bondad.
¿Quién era yo para dudar de un nombre así?
Serví en sus templos.
Alimenté sus altares con perfumes y cantos.
Y cada día, la voz que me había encontrado
parecía más grande.
“Dadme incienso”, decía.
“Dadme pan, dadme rebaños,
dadme vuestra obediencia…
y os cubriré de luz.”
Y así lo hicimos.
Lo hicimos durante años,
sin preguntas,
porque su luz era cálida
y nuestras vidas eran pequeñas.
Pero aún entonces,
en las grietas del templo,
algo murmuraba distinto.
Había noches en que el fuego de Ailsar no alcanzaba mi piel,
y en la penumbra que quedaba entre sus rayos
sentía una calma que no podía nombrar.
No lo entendí entonces.
Pero en la noche, algo aguardaba.