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El Libro de las Cenizas

II. El Hambre del Dios

Así comenzó el incendio en sus ojos.
Así la luz que alguna vez nos calentó
se volvió llama que devora.

“Dadme más.”

Era la voz de Ailsar,
pero ya no sonaba como al principio.

Había perdido la dulzura de la aurora,
y en su lugar ardía un hierro vivo
que nos doblaba la espalda.

“Dadme incienso. Dadme oro.
Dadme ganado hasta que la tierra tiemble
bajo el peso de vuestras ofrendas.”

Y los hombres obedecimos.

Llevamos sacos de grano, cubos de leche,
y los volcamos ante sus altares.

Creímos ver su rostro sonreír entre las llamas.

Pero no se detuvo ahí.

“Dadme pureza.”

Fue la orden que cambió todo.

No la pronunció un hombre ni un rey,
sino la voz que habíamos llamado Padre.

“Dadme las doncellas sin mancha.
Dadme su sangre para lavar la tierra,
para que el sol nunca se apague sobre vosotros.”

Y nadie se atrevió a decir que no.

Una por una, las vírgenes fueron conducidas al altar.
Sus pies descalzos rozaban los peldaños de piedra.
Sus cabellos negros caían como ríos sobre túnicas blancas.

“Es un honor”, susurraban las madres,
mordiendo el llanto hasta desgarrarse los labios.

“Es un deber”, repetían los padres,
mientras sus manos temblaban como hojas secas.

En el corazón del templo,
Ailsar brillaba como mil soles.

Su luz hería los ojos,
pero nadie se atrevía a cerrarlos.

“Si queréis que la noche no os devore,
dadme sus cuerpos. Dadme su aliento.”

Los sacerdotes obedecimos.

Colocamos a las jóvenes sobre la piedra sagrada,
desnudamos sus gargantas al filo de cuchillos benditos.

Yo mismo sostuve una de esas dagas.

Mis manos ardían como carbones.
Cada latido en mi pecho
retumbaba como un tambor de guerra.

“Hazlo, Thalyon”, ordenaron mis superiores.
“El Padre ve. El Padre juzga.”

Y mientras la sangre corría como vino oscuro,
mientras la luz de Ailsar vibraba como un sol hambriento,
algo dentro de mí se quebró.

“¿Es este el rostro de la bondad?”
quise preguntar.

Pero mi voz murió en mi garganta,
ahogada por una sospecha tan honda
que parecía hecha de piedra.