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Canto I
El Principio del Tiempo
Así fue antes de la luz.
Así lo dejaron escrito los ecos.
Antes del tiempo, antes de las estrellas, donde el cielo no tenía nombre y la tierra apenas respiraba bajo su manto, existía un vacío sin forma ni final.
No había sol que marcara el curso de los días, ni luna que tejiera la penumbra.
Solo el Silencio, vasto y absoluto, reinaba sobre el mundo aún por nacer.
Una quietud tan honda que parecía contener en sí la semilla de todas las posibilidades.
En el centro de ese abismo sin bordes, donde no existía ni luz ni sombra, emergió lo Primero.
Era presencia.
Intangible, sin nombre, disuelta en la niebla sin tiempo.
Caminaba sin sonido, sin huella, pues no había tierra que lo acogiera ni cielo que lo abrazara.
Era anterior al verbo.
Existía en una forma que no exigía forma, una esencia que no buscaba ser comprendida.
Y sin embargo, estaba.
Una sombra sin luz que la defina, una oscuridad que no es ausencia, sino sustancia.
La oscuridad no lo cubría. La oscuridad era él.
Y cuando su pensamiento recorrió el vacío, no lo hizo con deseo ni con propósito, sino con la naturalidad de lo eterno.
En su pecho sin forma, aún no latía el tiempo.
Así nació el aliento primero, sin sonido, sin nombre, pero con memoria.
Pues lo que nace del vacío recuerda el vacío, y lo que camina en la sombra sabe que no necesita luz para ser real.
En ese abismo antiguo, el Ser sin Nombre contempló la nada con ternura.
Porque la nada, incluso la más profunda, es cuna de toda existencia.
Y fue allí, en lo innombrado, donde la sombra se supo sagrada.