← Volver a El Libro del Forastero

Biblioteca

El Libro del Forastero

VIII. Las manos del pueblo

El amanecer no llegó.

Solo un resplandor sucio que se filtraba como lodo entre las nubes.

La plaza estaba llena.

Unos querían ver justicia; otros solo querían el fuego.

El sacerdote leyó la condena sin mirarnos.

—Por contaminación de fe. Por pacto con la penumbra. Por mancillar con sombra los dominios de la Llama Justa.

Le temblaba la voz.

Sir Daren Vohl, en cambio, estaba sereno.

Los guardias trajeron la leña.

Eira y yo fuimos atados espalda con espalda.

Erven quedó en brazos de una monja. Pataleaba y llamaba a su madre.

Vohl levantó la antorcha.

—Hoy veremos pureza… ¿Últimas palabras?

Respiré una sola vez.

El olor de Eira, mezcla de pan y ceniza, me trajo una paz absurda.

—Solo esto —dije—: que la oscuridad recuerde lo que la luz finge no ver.

La antorcha tocó la madera.

La llama subió.

Eira buscó mi mano detrás de las cuerdas.

La encontré.

Erven gritó.

—Rukvakh… —susurré.

No pedí nada.

Solo dije su nombre.

Una gota cayó sobre mi rostro.

Luego otra.

Negra.

Espesa como tinta.

Al tocar la madera, el fuego siseó.

La lluvia comenzó a caer.

Los hombres alzaron la vista.

Las llamas se encogieron bajo nuestros pies hasta que solo quedó humo.

Entonces callaron las campanas.

El silencio duró apenas un instante.

Algo apareció sobre Vardhel.

Una grieta.

Delgada al principio, negra incluso contra aquel cielo sin luz.

Creció.

Atravesó las nubes sin apartarlas.

No encontré entonces otra palabra.

Tampoco la encuentro ahora.

La noche se abrió.

Dos ojos aparecieron sobre los tejados.

Después distinguí el hocico.

Las orejas.

La silueta imposible de un lobo donde antes solo había cielo.

Rukvakh se alzó sobre Vardhel.

La lluvia negra atravesaba su manto, y por momentos no podía distinguir dónde terminaba su pelaje y comenzaba la noche.

Nadie miraba ya la hoguera.

Todos miraban al cielo.

Por eso tardaron en darse cuenta de lo que ocurría bajo sus pies.

Las sombras se movieron primero débilmente,

como si bailaran con la luz de una vela.

Pero no había llama que las hiciera bailar.

Se estiraron sobre las piedras, torcidas, líquidas.

Y entonces comenzaron a despegarse.

Primero una.

Después otra.

Como si llevaran años fingiendo obediencia.

Un hombre retrocedió.

Su sombra no lo siguió.

Otro intentó pisar la suya antes de que escapara.

Fue inútil.

Las sombras atravesaron la plaza.

Todas hacia Rukvakh.

Se reunieron frente al Padre de la Noche.

Y se postraron.

Decenas de figuras negras inclinadas sobre la piedra,

mientras sus dueños permanecían detrás de ellas.

Después, una a una,

las sombras se levantaron.

Y regresaron.

A sus dueños.

Pero ya no los imitaban.

Una mujer gritó un nombre.

Un hombre cayó de rodillas.

—¡Perdón!

Otro apartó el rostro.

—¡Yo no sabía!

Alguien comenzó a repetir que no había sido su culpa.

Otro intentó huir de aquello que lo seguía por el suelo.

No entendía lo que veían.

Vi formas.

Manos.

Rostros que aparecían apenas un instante antes de perderse otra vez en la oscuridad.

Algunas sombras parecían humanas.

Otras no se parecían a nada que yo pudiera nombrar.

A pocos pasos, un hombre le suplicaba a la suya que se alejara.

Rukvakh permanecía inmóvil.

No acusaba.

No preguntaba.

No pronunciaba nombres.

Vohl desenvainó la espada.

—¡Yo soy la llama! —gritó—. ¡Yo soy el juicio!

Rukvakh no respondió.

—¡Retírate, bestia!

Nada.

Entonces la sombra de Vohl se levantó.

Él dejó de gritar.

Pequeñas manos aparecieron dentro de ella.

Rostros apenas insinuados.

Cuerpos encogidos.

Vohl retrocedió.

—No.

La sombra avanzó.

—No.

Vohl levantó la espada, pero no encontró nada contra lo que blandirla.

Aquello se inclinó sobre él.

Se acercó a su oído.

Y le susurró algo.

No entendí qué.

Nadie más pareció escucharlo.

Vohl dejó caer la espada.

—Eso no…

La sombra permaneció junto a él.

—Yo no…

Se llevó las manos a la cabeza.

—¡Cállate!

La sombra no tenía boca.

Vohl gritó.

Después rio.

Una risa breve, rota, que terminó convertida en llanto.

Cayó de rodillas.

Durante unos instantes no fue Sir Daren Vohl.

No fue guardia.

No fue juez.

Solo un hombre bajo la lluvia.

Sacó la daga.

La sostuvo frente a sí.

Su mano temblaba.

—No puedo… —susurró.

Nadie se acercó.

Rukvakh tampoco.

Vohl llevó el filo a su cuello.

Y eligió.

El cuerpo de Vohl cayó sobre la piedra.

La daga quedó a pocos pasos de su mano.

Su sombra permaneció erguida un instante más.

Luego cayó con él.

La lluvia siguió cayendo.

Nadie se acercó al cuerpo de Vohl.

Las sombras habían regresado a sus dueños, pero la plaza ya no parecía saber qué hacer con ellas.

Algunos huyeron.

Otros se alejaron lentamente, todavía mirando el suelo.

Una mujer sostenía la suya entre las manos aunque no había nada que sostener.

Un hombre lloraba mientras caminaba.

Poco a poco, la plaza se vació.

Quedaron algunas figuras dispersas.

Después, casi ninguna.

El párroco permaneció de rodillas.

—Yo… yo no sabía…

Se cubrió el rostro.

—Yo creía…

No supe a quién se lo decía.

Rukvakh tampoco respondió.

Seguía allí.

Sobre nosotros.

Su cuerpo ocupaba la noche.

La lluvia revelaba partes de él al atravesar aquella oscuridad: un hocico entre las nubes, el arco de un lomo detrás de los tejados, dos ojos blancos suspendidos sobre Vardhel.

Lo había llamado.

Lo conocía.

Y aun así mi cuerpo temblaba.

Mis piernas dejaron de sostenerme.

Caí de rodillas.

Rukvakh volvió los ojos hacia mí.

Por un instante sentí que algo dentro de mi pecho intentaba esconderse.

Entonces la oscuridad comenzó a recogerse.

El cielo recuperó sus límites.

El lomo desapareció de los tejados. El hocico descendió entre jirones de sombra. La negrura que llenaba las calles retrocedió hacia él como humo aspirado por una respiración imposible.

La forma del Lobo apareció poco a poco.

Cuatro patas.

Un cuerpo cubierto de pelaje negro.

Un manto de sombras moviéndose lentamente alrededor de su espalda.

Seguía siendo enorme.

Seguía siendo Rukvakh.

Pero pude respirar.

Se acercó.

Esta vez no retrocedí.

Quise bajar la cabeza.

No lo hice.

—Fallé —dije.

Rukvakh me observó.

—Ella me pidió que la entregara y lo hice. Sabía que tú no exigías eso. Me lo habías dicho.

—¿Por qué?

Pensé en Ailsar.

En el altar.

En la piedra manchada.

En las palabras que había abandonado y que, sin embargo, todavía sabían encontrar mi boca.

—Porque supe hacerlo.

Tragué saliva.

—Era un lenguaje que conocía.

Rukvakh inclinó la cabeza.

—Ahora conoces otro.

Algo negro apareció entre las sombras de su manto.

Al principio creí que era una de ellas desprendiéndose.

Luego comenzó a caer.

Una pluma.

Descendió lentamente entre las últimas gotas de lluvia, girando sobre sí misma.

Extendí las manos.

La pluma cayó entre mis palmas.

Era negra.

Más negra incluso que el pelaje del Lobo.

Pasé un dedo por sus barbas.

—¿Qué es?

—Una pluma de Rhaor.

—¿Quién es Rhaor?

Rukvakh me observó.

—Ya lo conocerás.

Miré de nuevo la pluma.

—¿Para qué?

—Escribe.

—No fue solo él.

Me volví.

Eira estaba detrás de mí, empapada, con las marcas de las cuerdas todavía rojas alrededor de las muñecas.

Miró a Rukvakh.

Tuvo que alzar mucho la cabeza.

—Fui yo quien se lo pidió.

El Lobo volvió sus ojos hacia ella.

Eira se estremeció.

No retrocedió.

—No porque quisiera adorarte —dijo—. Ni pertenecerte.

Buscó a Erven entre la gente.

—Quería que mi hijo viviera.

Rukvakh la escuchó.

—Pensé que habría que darte algo —continuó—. Siempre hay que dar algo.

—No a mí.

Eira cerró los ojos.

No respondió.

Erven permanecía aferrado a Eira.

Había escondido el rostro contra su pecho durante tanto tiempo que creí que se había dormido.

Entonces miró por encima de su hombro.

A Rukvakh.

Se soltó de su madre.

—Erven…

El niño dio un paso.

Luego otro.

Rukvakh lo observó acercarse.

El niño se detuvo frente a él.

Alzó la cabeza.

Y siguió alzándola.

Rukvakh bajó el hocico.

Erven levantó una mano.

Sus dedos todavía no podían alcanzarlo.

La sombra alrededor del Lobo se movió.

Su cuerpo perdió los bordes.

El manto se cerró sobre él y, durante un instante, solo vi oscuridad.

Cuando volvió a tener forma, Erven tenía la mano apoyada sobre su hocico.

El niño sonrió.

Hundió los dedos en el pelaje.

Y lo abrazó.

Rukvakh permaneció inmóvil.

Eira soltó una risa pequeña, todavía mezclada con llanto.

Yo miré la pluma entre mis manos.

Erven soltó por fin el pelaje del Lobo.

Rukvakh cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, miró hacia el bosque.

Después, a mí.

La oscuridad comenzó a desprenderse de su cuerpo.

No hubo despedida.

Su silueta perdió los bordes hasta confundirse con la noche que todavía quedaba entre las casas.

Cuando desapareció, solo quedaron sus huellas sobre la piedra mojada.

Eira permaneció mirando el lugar donde Rukvakh había estado.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Miré la pluma negra entre mis dedos.

—Ahora escribo.

Ella asintió.

—Entonces escribe bien.

Sonreí.

Eira se inclinó y me besó la frente.

—Gracias, Thalyon.

—¿A dónde irás?

Miró a Erven.

—Todavía no lo sé.

No pregunté más.

Erven me abrazó antes de tomar la mano de su madre.

Los vi cruzar la plaza.

Eira se volvió una vez.

Levanté la mano.

Ella hizo lo mismo.

Después siguió caminando.

No intenté seguirlos.

Me quedé hasta que la plaza estuvo completamente vacía.

Escribí hasta que volvió la luz.

El horizonte se tiñó de un gris suave, como si el amanecer dudara.

Entonces guardé la pluma y me puse en pie.

Caminé hacia la línea del bosque.

Detrás de mí, Vardhel despertaba sin saber qué nombre ponerle a lo que había visto.

Yo tampoco.

Por eso lo escribí.