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El Libro del Forastero

VII. El primer hilo de la hoguera

Sir Daren Vohl volvió cuando las sombras ya no necesitaban faroles.

Traía más hombres.

Traía al sacerdote de la plaza, que olía a vino bendito y a hambre bien alimentada.

—Por orden del templo —cantó el capellán—, abrid.

No abrimos.

No hubo tiempo.

La madera crujió como si rezara.

Entraron con la devoción de una tormenta.

—Herejía —dictó Vohl, cremando la palabra en su lengua—. Alianza con las tinieblas. Propongo purificación pública.

El sacerdote dudó.

—La llama… —balbuceó.

Vohl lo interrumpió.

—La llama no juzga. Purifica.

Nos sacaron a la calle.

Erven gritó, pero nadie se acercó.

Una ventana se cerró.

Luego otra.

Tragué saliva.

La cuerda aprendió mi muñeca con una docilidad antigua.

Caminamos hacia la plaza.

La torre blanca parecía más alta ahora.

Un coro de niños practicaba un canto sobre pureza. Sus voces callaron una a una cuando nos vieron pasar.

En el centro, la madera estaba apilada con la geometría exacta de un ritual que se repite.

Vohl dio una orden.

El sacerdote puso rostro de estatua.

Eira me miró.

—Thalyon —susurró—. Ese dios tuyo… ¿puede salvarnos?

—Rukvakh no es…

—Entonces entrégame a él. Si debo ser suya, que al menos sirva para que mi hijo viva.

Sentí que algo antiguo despertaba dentro de mí.

Algo que conocía demasiado bien.

—Padre Lobo —dije—, ella se ofrece. Tómala… pero sálvalos.

Tragué saliva.

—Que su entrega sea pacto.

El viento cambió.

Las antorchas parpadearon.

—No.

La voz de Rukvakh llegó desde todas partes y ninguna.

—¿Otra vez ofreces lo que no te pertenece?

No respondí.

—¿Crees que la noche necesita sangre para escuchar?

Bajé la mirada.

Las cuerdas seguían alrededor de mis muñecas.

—Yo no salvo a cambio de nada.

La sombra del bosque pareció acercarse.

—Ella me lo pidió —susurré.

Rukvakh guardó silencio.

Y entonces entendí que eso no respondía a su pregunta.