Biblioteca
V. El Padre de la Noche
Así me habló la penumbra con voz de lobo.
Así supe que la oscuridad no era vacío.
Me desperté en el bosque,
sobre un lecho de hojas y ramas.
El aire estaba frío, pero no dolía.
Era un frío que acariciaba.
Y entonces lo vi.
Ojos como lunas llenas,
pupilas profundas como pozos sin fondo.
Pelaje negro, más denso que cualquier noche.
Un lobo inmenso,
con un manto hecho de sombras vivas
que se movían como bruma alrededor de su cuerpo.
No temí.
Porque su presencia no quemaba.
No devoraba.
Solo estaba.
“Thalyon”, dijo con voz grave,
una voz tan honda que vibró en mis huesos.
“Ya has visto la verdad de la luz.
Ahora verás la verdad de la sombra.”
Me quedé de rodillas,
con las manos abiertas,
esperando el juicio que nunca llegó.
“¿Y tú?”, pregunté con voz temblorosa.
“¿Qué exigirás de mí?”
El lobo inclinó la cabeza,
y la sombra de su manto se derramó como agua sobre la tierra.
“Nada.”
No comprendí.
“No necesito siervos.
No exijo cánticos eternos ni sacrificios.
Yo no tomo.
Solo ofrezco refugio a quienes lo buscan.
Si un hombre desea fe, debe anclarla primero en sí mismo.
Y si su alma pide guía,
que busque a quienes custodian los conocimientos de la noche:
Rhaor.
Thorva.
Felatha.
Vaskir.
Ellos no exigen obediencia.
Caminan junto a quienes saben escucharlos.”
Mis lágrimas cayeron sobre la tierra.
Nunca me había sentido tan ligero, tan vivo.
“Señor…”, susurré.
“Déjame quedarme.
Déjame escuchar.
Y aquello que me confíes,
permíteme conservarlo.”
El lobo negro se acercó.
Su hocico rozó mi frente,
y en ese contacto sentí un calor suave, profundo,
como un corazón latiendo en la oscuridad.
“Entonces escucha, Thalyon.
Guarda lo que veas.
Guarda lo que oigas.
Y cuando llegue el tiempo, escríbelo.
Serás el primer escriba,
guardián de las memorias que no deben ser olvidadas.”
Y así, en la penumbra,
juré lealtad no a un dios que exige,
sino a la noche que abraza.
