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El Libro de las Cenizas

IV. El Hombre que Huyó de Dios

Así la fe se agrietó en mi lengua.
Así la luz que adoré me prometió cenizas.

“¿Cómo puedes atreverte?”

Esa fue la respuesta del Alto Sacerdote
cuando le llevé mis preguntas.

Había esperado consuelo.
Había esperado palabras de un padre.

En cambio, me miró con ojos como brasas
y un ceño que pesaba más
que las piedras del templo.

“¿Quién eres tú para cuestionar
al que creó el cielo?
¿Quién eres tú para exigir respuestas
del fuego que te dio vida?”

Intenté hablar.

Intenté decir que la sangre derramada en los altares
me dejaba noches en vela,
que la voz de Ailsar sonaba distinta:
más hambrienta, más cruel.

Pero él golpeó la mesa con un puño,
y sus palabras cayeron como látigos:

“¡Calla, Thalyon!
El que duda, muere.
El que murmura, arde.
Y los labios que se abren
para juzgar al Padre
serán sellados con fuego eterno.”

Esa noche, mientras la ciudad dormía,
me arrodillé en mi pequeña morada,
buscando en la oración una respuesta.

Y entonces la oí.

“Thalyon.”

La voz de Ailsar resonó en mi cráneo como un trueno.

“Sé lo que piensas.
Sé lo que murmuras en lo profundo de tu pecho.
¿Crees que puedes juzgarme?
Yo soy el fuego que sostiene los cielos.
Yo soy la luz que mantiene a raya la noche.
Y si persistes, te arrojaré al Abismo,
donde arderás para siempre,
y ni siquiera las sombras te acogerán.”

Mi cuerpo temblaba.
Mis rodillas cedieron.

Y por un instante creí ver sus ojos,
inmensos, dorados,
mirándome desde cada rincón oscuro de la casa.

Fui a mi familia en busca de alivio.

“Ailsar pide demasiado”, les susurré.
“No es bondad lo que veo en sus llamas…
es hambre.”

Mi padre me abofeteó antes de que pudiera terminar.

“No blasfemes en esta casa”, dijo.
“Si dudas del Padre, ¿qué nos quedará?
¿Acaso prefieres la oscuridad
donde acechan monstruos sin nombre?”

Mis hermanos no me miraron.
Mis vecinos bajaban la voz al verme pasar.
Como si ya no perteneciera a ellos.

Al tercer día, los guerreros del templo
golpearon mi puerta con lanzas.

“Abre, Thalyon”, gritaban.
“El Alto Sacerdote te llama.
Tendrás que responder por tus palabras.
Eres un agitador.
Y la pureza del pueblo exige un sacrificio.”

Los oí romper la madera.
Oí los cascos de sus botas sobre mi suelo.

Corrí.

Corrí por las calles sin mirar atrás.
Corrí por callejones donde la luz de las antorchas no llegaba.
Corrí hasta que mis piernas fueron piedra
y mi pecho ardía como un horno.

“¡Detenedlo!”, gritaban.
“Que no escape la herejía.”

La noche me envolvió.

El bosque me tragó como un manto.

Los perros del templo no se atrevieron a seguirme
cuando la penumbra se hizo demasiado densa.

Y allí,
tirado entre raíces y hojas húmedas,
creí morir.

Pero no murió el silencio.

Por primera vez,
algo en la oscuridad respiró conmigo.

No era un trueno.
No era un mandato.

Era un susurro.

“Has corrido lo suficiente, Thalyon.”

No vi un rostro.
No sentí luz.

Pero una calidez fría me rozó el cuello,
como una mano invisible.

“Deja que la noche te cubra…
y descansa.”