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Papeles viejos de la bodega
Como parte del decreto de nuestro Rey Munir, el Príncipe Nashnu y todos aquellos que compartieron su causa fueron condenados al exilio. No se les concedió muerte ni prisión, sino un destino más incierto: ser enviados a través de la Puerta hacia tierras aún no reclamadas, quizá baldías, quizá apenas habitadas. Allí deberán vivir sin cortes ni ejércitos, reducidos a lo agreste, forjando su sustento con las manos y con la fuerza de sus músculos, perdiendo los dones que otrora les hicieron soberbios.
Durante los juicios públicos, el Consejo recordó a todos los presentes que la insubordinación no sería tolerada y que las viejas influencias de Nashnu se desvanecerían en cuanto cruzara el umbral. La sentencia no solo buscaba despojarlo de poder, sino también de la ilusión de que su linaje le aseguraba un futuro.
En lo personal, estoy convencido de que el príncipe hubiese preferido un destino sangriento en la plaza pública, que la ira del rey colmara de cuerpos el suelo y así poder pintarnos como tiranos carentes de piedad. Mas nuestro rey no cedió a esa tentación. Munir eligió un castigo más justo, aunque quizá más cruel: permitirles vivir, pero en despojo, lejos del resplandor que creyeron eterno.