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VI. El rumor

El pueblo no necesita decreto cuando huele sangre.
Las campanas cambiaron de voz durante el día; de rezo a cacería hay solo dos tonos de distancia.
Una monja pálida dijo en la esquina que la viuda daba techo a un apóstol de la noche.
Un mercader juró haberme visto apagar una antorcha con la mirada.
Un niño gritó que me había visto comiéndome el humo.
Nadie rió.
Las mentiras sabían a pan fresco en bocas que no comían.
Eira trabajó en silencio.
Horneó panes que no probaría.
Yo corté leña que no me pertenecía.
Erven jugó a ser guardia con un palo hasta que entendió lo que eso significaba y soltó el juego como si quemara.
La noche cayó sin permiso.
Yo quise pedirle al bosque que me tragara.
—Vas a mirar —dijo Rukvakh por fin.
—¿Y si nos matan?
—Entonces escribirás con ceniza.
No me prometió salvación.
Me ofreció su compañía, que a veces es lo mismo… y a veces no alcanza.
Eira apagó el horno y se acercó a mí.
—Si esto termina mal… y tu dios te saca de aquí… por favor, no te olvides de nosotros.
—No lo haré —respondí, aun sin saber si merecía hacer promesas.