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SECUENCIA I

2

Voz sin nombre

Han pasado casi tres meses.

Empiezo a creer que uno puede acostumbrarse incluso al hambre.

No desaparece.

Solo deja de sorprender.

El cuerpo aprende a guardar silencio.

Al principio mi hijo preguntaba todas las mañanas cuándo volveríamos a comer bien.

No sabía responderle.

Así que inventaba respuestas.

Que los soldados traerían más carne.

Que el bosque comenzaba a dar frutos.

Que el consejo encontraría una solución.

Mentí con una facilidad que todavía me avergüenza.

Lo hacía porque un padre siempre debe tener una respuesta.

Aunque sea falsa.

Hoy no preguntó.

Debo admitir que sentí cierto alivio.

Pensé que, al fin, había dejado de sufrir por ello.

Qué equivocado estaba.

Lo encontré esta tarde junto a la olla.

Su madre dormía.

La lluvia había logrado colarse otra vez por el techo. Ella pasó buena parte de la mañana intentando mantener seco el único rincón donde todavía podemos descansar.

Él estaba sentado en el suelo.

Concentrado.

Lavaba una piedra.

Una piedra lisa.

Redonda.

Con el cuidado con el que antes limpiaba sus juguetes.

Le pregunté qué hacía.

Sonrió.

Me dijo que si la dejábamos dentro de la sopa habría más para todos.

Guardé silencio.

No porque creyera que funcionaría.

Porque durante un instante deseé creerlo con él.

Cuando llegó la hora de cenar, la piedra seguía dentro de la olla.

Mi esposa la vio.

Me miró.

Después miró a nuestro hijo.

No hizo ninguna pregunta.

Sirvió la sopa como si aquello fuera perfectamente normal.

Los tres fingimos no entender lo que estaba ocurriendo.

Fue, probablemente, la mejor mentira que hemos compartido desde que llegamos a Rigram.

Mientras él dormía volví a sacar la piedra.

Todavía estaba tibia.

La sostuve un largo rato entre las manos.

Nunca imaginé que un objeto tan pequeño pudiera pesar tanto.

Esta noche comprendí algo que me asusta más que el hambre.

Mi hijo ya no espera que yo encuentre la solución.

Está empezando a buscar las suyas.

Y ningún niño debería tener que aprender eso tan pronto.