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SECUENCIA I

Entrada 1

Voz · Soldado Khorad

El estómago me ruge más fuerte que los truenos de este maldito cielo morado. Llevamos meses tragando barro y lluvia, y lo único que se mantiene limpio en este maldito campamento son las manos de los malditos nobles.

Ayer el gordo de la casa de los paños finos me vino a reclamar. Me ofreció un anillo de oro, con una esmeralda del tamaño de un ojo de buey, solo para que reparara el techo de su choza antes de que empiece la tormenta. Le escupí en las botas. ¿Para qué carajos quiero oro? El oro no se muerde, no te calienta por las noches y no detiene a las bestias que acechan entre la maleza. Aquí una ración de carne seca vale más que todo su linaje.

Los capitanes siguen encerrados en sus consejos, gastando saliva y saliva con el príncipe mientras el pueblo se pudre en silencio. Al principio nos llamaban pioneros; ahora solo somos siervos que cuidan a otros siervos. La disciplina se está yendo al demonio. Mis compañeros ya cambian sus guardias por favores miserables detrás de las barracas.

Que no me sigan tripando los nervios. Juro por mis muertos que la próxima vez que uno de esos señoritos me hable con tono de corte, no voy a usar las manos para responder. Si el rey Munir nos quitó los dones en el exilio, nos dejó el acero. Y mi espada corta igual de bien el cuello de un monstruo que el de un aristócrata engreído. Aquí la única jerarquía que va a quedar es la de quien sostiene el arma.

El capitán Azren dice que no somos prisioneros, que somos "pioneros". Qué palabra tan bonita para no decir que estamos comiendo mierda en el culo del universo. Al menos hoy tengo una buena noticia: me sacaron de las palas. Prefiero mil veces arriesgar el pellejo en el bosque que pasar otra tarde cavando letrinas en el lodo congelado para que los señoritos del consejo no se ensucien las botas.

Me asignaron a una patrulla de reconocimiento. Somos cuatro soldados cuidándole el trasero al Doctor Usur. El viejo quería salir a recolectar muestras de tierra, hojitas y no sé qué tantas pendejadas. Dice que este mundo es un "yacimiento de posibilidades". Para mí que es solo un nido de alimañas.

Caminar por este bosque da mala espina. El aire te quema la garganta y sientes todo el tiempo que los matorrales te están mirando. Pero lo peor son las bestias. Ayer nos topamos con una especie de lagarto peludo del tamaño de un lobo. Le plantamos dos lanzas en el lomo y el bicho seguía tirando dentelladas como si nada. Es como si estas malditas cosas se negaran a morir; no tienen sentido del dolor, o la sangre les corre al revés. Tuvimos que machacarle la cabeza con una roca para que dejara de moverse.

El doctor se quedó fascinado anotando números en su libreta mientras nosotros limpiábamos el asco de las armas. No me gusta cómo sonríe ese viejo cuando ve la sangre de Rigram. Tengo un mal presentimiento sobre este lugar. Algo me dice que las heridas que sanan tan rápido en este suelo ocultan algo podrido debajo, y que tarde o temprano la suerte se nos va a acabar. Pero bueno, mientras no me devuelvan a la pala, tendré que seguirle los pasos al doctor. Un guerrero obedece, ¿no? Aunque sea a un viejo chiflado.