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Voz sin nombre
Mi hijo no deja de toser.
Cada vez que se queda en silencio, me despierto para tocarle la frente y asegurarme de que sigue respirando.
No debería haberlo dejado salir.
Ha pasado casi un mes desde que nos arrojaron a este agujero. Ayer por la tarde el cielo violeta se oscureció por completo y comenzaron las lluvias.
Al principio pensamos que era una bendición.
Llevábamos semanas racionando el agua. La garganta nos ardía. La lengua se pegaba al paladar al despertar. Algunos hombres comenzaban a hablar de regresar al río, aunque los soldados insistían en que era demasiado peligroso.
Entonces cayó la primera gota.
Y luego otra.
Y otra más.
Los niños fueron los primeros en reír.
Salieron corriendo de las chozas como si el propio verano hubiera venido a buscarlos. Saltaban en el barro. Abrían la boca hacia el cielo. Mi hijo menor me tomó de la mano y tiró de mí para que saliera con él.
Le dije que estaba demasiado viejo para jugar bajo la lluvia.
Él se rió.
Todavía puedo escuchar esa risa.
Qué estúpido fui.
En este mundo maldito nada es un regalo.
Para la medianoche empezó a temblar. Hoy la fiebre le abrasa la frente y tose tanto que apenas puede dormir. Su piel está roja y caliente, como si la lluvia lo hubiese quemado desde dentro.
Y no es el único.
En las chozas vecinas se escuchan los mismos llantos.
Las mismas plegarias.
Las mismas madres preguntando cómo bajar una fiebre que nadie entiende.
Los guardias dicen que debemos resistir.
Ellos no están intentando encontrar un rincón seco donde acostar a un niño enfermo.
Construimos estas chozas deprisa, con maderas torcidas, telas viejas y huesos de las bestias que cazan los soldados. Pensamos que aguantarían.
No lo hacen.
Las goteras son interminables.
Moví a mi hijo tres veces durante la noche y en las tres ocasiones el agua terminó cayéndole en la cara.
No hay un solo lugar seco en esta choza.
Todo está húmedo.
Todo está frío.
Todo huele a tierra podrida.
Ahora duerme.
O al menos eso creo.
Ya no tose.
Y eso me asusta más que la fiebre.
Si esta lluvia no cesa pronto, no quedarán suficientes niños para poblar el reino que el príncipe sueña construir.
Y yo...
yo daría todo lo que me queda por volver a escuchar a mi hijo reír bajo la lluvia.