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Entrada 2
Voz · Soldado Khorad
Caminamos por un par de horas. No es que hayamos avanzado una gran distancia, es que este maldito bosque es una trampa de raíces y lodo. Eso, sumado a que el viejo chiflado de Usur nos hace parar cada dos pasos para recoger hojitas o raspar el musgo de los árboles. Juro que si se agacha otra vez a murmurarle a una piedra, lo dejo atrás.
Pero hace un rato comencé a notar algo raro. El cielo. Llevo meses viendo esa costra enferma y morada sobre nuestras cabezas, pero aquí… aquí no luce podrido. Los colores se normalizaron. Hasta el aire cambió. Esa sensación de tragar arena ardiente desapareció y mi garganta por fin se aclaró. Pude respirar profundo sin sentir que me ahogaba.
Encontramos un río de agua cristalina, limpia, no como los charcos asquerosos del campamento, así que decidimos parar a descansar. Me arrodillé en la orilla y entonces vi a las bestias. Nos estaban mirando desde la maleza, a lo lejos. Pero esta vez no intentaron abalanzarse ni tirar dentelladas. Estaban quietas. Nos miraban como… como animales normales. Sin esa rabia enferma en los ojos.
Incluso aflojé la mano de la empuñadura. El cuerpo me dejó de doler por primera vez en meses. Todo estaba demasiado en calma. Viendo el agua clara, pensé que quizás, solo quizás, podríamos tener un momento de paz en este infierno.
Pero entonces el doctor Usur levantó la mano. Nos hizo señas de que guardáramos silencio y apuntó hacia la otra orilla, río arriba.
Allí estaba. Al principio pensé que era una cría de alguna bestia. Una figura pequeña, no más alta que una de mis hijas, con la piel roja como sangre fresca y un par de cuernos asomando en su cabeza. Me llevé la mano a la espada por puro instinto, pero me quedé helado al ver lo que tenía al lado.
Era un lobo gigantesco tan negro que la lluvia parecía desaparecer sobre su pelaje. Pero la bestia no estaba atacando. Estaba echada en la hierba, mansa, y la niña diablo le estaba acariciando la enorme cabeza como si fuera un inofensivo perro de la corte.
El doctor Usur parecía a punto de babear de la fascinación. Sacó su libreta con las manos temblando y quiso dar un paso hacia el agua, pero el cielo de Rigram decidió que ya habíamos visto suficiente. Un trueno nos reventó los oídos y, de un segundo a otro, empezó a caer una lluvia tan espesa, gris y helada que nos borró la visión a dos palmos.
El sargento no quiso arriesgarse a un ataque a ciegas y dio la orden de regresar al campamento antes de que el lodo nos tragara. Mientras corríamos, miré hacia atrás buscando la orilla, pero la niña roja y la bestia ya se habían esfumado en la cortina de agua.
No sé qué era esa niña.
Pero por primera vez desde que llegamos a Rigram, tuve la sensación de que habíamos entrado en el territorio de otra cosa.