Biblioteca
Voz · Zakir
Hoy recibimos una nueva orden del consejo.
Debíamos contar a todos los habitantes del asentamiento.
No solo elaborar un cálculo aproximado.
Contarlos.
Uno por uno.
Nombre.
Edad.
Familia.
Estado de salud.
Al principio supuse que el príncipe finalmente había decidido reorganizar las raciones.
La noticia fue bien recibida.
Hacía tiempo que no veía a tanta gente acercarse voluntariamente a los soldados.
Muchos incluso parecían aliviados.
Pensaron que, por fin, alguien estaba poniendo orden.
Comencé por el sector oriental.
Los soldados abrían las cortinas de cada choza mientras yo escribía.
Había niños dormidos.
Ancianos que apenas podían incorporarse.
Mujeres remendando ropa.
Hombres demasiado cansados para levantarse.
Todos respondían con una paciencia que no había visto desde antes de las lluvias.
Algunas familias aprovecharon para hacer preguntas.
¿Cuándo repartirían la comida?
¿Llegarían más soldados?
¿Era cierto que el príncipe había encontrado una solución?
No supe responder ninguna.
Solo seguí escribiendo.
Una niña insistió en peinarse antes de que anotara su nombre.
Su madre le acomodó el cabello con los dedos.
Después me pidió que esperara un momento porque quería limpiarle la cara.
Recuerdo haber pensado que aquello era innecesario.
Terminamos poco antes del anochecer.
Dieciséis mil ochocientos setenta y tres.
Jamás había escrito un número tan grande.
El capitán revisó mis hojas dos veces antes de entregarlas al consejo.
Parecía preocupado de que hubiera cometido algún error.
Comprendí su insistencia.
Un registro mal hecho puede provocar problemas durante un reparto.
Mientras regresaba a mi choza observé algo extraño.
La gente sonreía.
No con alegría.
Con alivio.
Era la primera vez en semanas que muchos creían que las cosas estaban a punto de mejorar.
Confieso que esa esperanza terminó por contagiarme.
Esta noche dormiré pensando que quizá mañana recibamos buenas noticias.
Hace demasiado tiempo que no escribía una frase como esa.