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Canto III
El Despertar de la Llama
Así ardió la primera chispa.
Así se rasgó el silencio.
Tras el estallido, cuando el Vacío se abrió en mil fragmentos y la nada lloró luces y sombras, una brasa tembló en el centro del caos.
No fue un grito, no fue un trueno, sino un latido.
Pequeño. Insignificante… al principio. Pero insaciable.
Una chispa sin contorno, con hambre de forma, una danza de fuego puro que devoraba la nada y tejía ser.
La chispa creció. Se alimentó del polvo y el viento, bebió del caos y de las sombras que la rodeaban.
Y entonces, como si el universo respirara hondo, la chispa estalló en un fuego dorado.
Así nació el Sol. El primero con corazón latiente. Un dios de fuego y pulso, cuyo aliento era luz, y cuyo mirar fundía las sombras.
Su luz no era solo claridad: era creación. Con cada latido, su llama se derramaba sobre el abismo, y allí donde caía, nacían mundos.
Brotaron colinas suaves y ríos en espiral. Surgieron árboles que cantaban con el viento y criaturas que abrían los ojos solo para mirar al cielo.
El Sol los vio. Y sonrió. Porque su calor era amado, su luz era celebrada, su nombre pronunciado con gratitud y devoción.
Y así, el Sol creció en poder y orgullo. Él repartió dones a sus hijos.
No era cruel, pero sí ciego en su certeza. Veía en su fuego la única verdad, y en su resplandor, el único camino.
No comprendía —o no deseaba comprender— que había seres que no podían soportarlo.
Para él, la oscuridad era error, ausencia, negación. Algo que debía ser erradicado.
Y así, aquellos de mirada sensible, los que no anhelaban su resplandor, se escondieron en los bordes del mundo. Buscaron rincones donde su luz no pudiera alcanzarlos. Donde el calor no los quemara. Donde pudieran ser, sin ser vistos.
El Sol, en su esplendor, no los persiguió. Pero tampoco los protegió. Para él, no existían.
Y así, mientras tejía su obra dorada, quedaron ellos, los olvidados, los silenciosos, como sombras al margen de un cuadro que no los contenía.
Mas el Sol no era malvado. Su ego no nacía del desprecio, sino de la fe absoluta en su propia luz.
Y creyó que bastaba. Que todos podían florecer bajo su mirada.
Pero la vida… la vida se alimenta también de sombra. Y sin sombra, no hay profundidad. Sin noche, no hay descanso.
El mundo, aunque aún joven, comenzó a doblarse. Y en su curvatura, la oscuridad susurró que aún no había dicho su última palabra.