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El Libro de las Cenizas

III. El Fuego y la Sangre

Así la luz se volvió insaciable.
Así la bondad se tiñó de rojo.

“Dadme sangre.”

La orden resonó en los muros del mundo.

“Los primeros frutos de vuestros vientres.
Y los vestiré de luz en mi reino eterno.”

Las madres lloraban,
pero aun así entregaban a sus primogénitos.

Los padres temblaban,
pero colocaban las pequeñas cabezas
en manos de los sacerdotes
como si fuera un honor.

Yo… yo mismo llevé un niño a la escalinata del altar,
mientras mi garganta ardía
con un nudo que no sabía nombrar.

“Esto es justicia”, decían los ancianos del templo.
“Esto es amor: devolver al Padre lo que es suyo.”

Cuando todo terminó,
y el santuario quedó vacío,
cuando la llama dormía,
empecé a escuchar otra voz.

No era un susurro dulce.
Era apenas un roce en el oído,
como si la propia noche me hablara:

“¿Lo ves?
No es amor lo que te exige.
Es hambre.”

Negué con fuerza.
Me arrodillé.
Golpeé mi pecho hasta sangrar.

Pero la voz no se calló.

“¿Acaso la luz que quema
es distinta del fuego que devora?”

Ailsar crecía.
Cada día su figura era más inmensa.

Su boca abierta parecía tragarse las estrellas.
Sus manos, extendidas,
ya no pedían: arrebataban.

Y aun así, los hombres seguíamos cantando.
Seguíamos diciendo que su luz era bondad.
Seguíamos arrodillándonos,
aunque el piso ardía bajo nuestras rodillas.