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SECUENCIA I

Voz · Administrador

Hoy vimos la verdadera cara del príncipe Nashnu y, por primera vez, tuve miedo de que el rey hubiera tenido razón.

No por miedo a sus palabras, sino a lo que sabía. Él posee un conocimiento que hiela la sangre: la capacidad de abrir puertas a otros mundos, no para conocerlos, sino para someterlos.

Se irguió entre nosotros y exigió un precio imposible: a la mitad de los nuestros. Nadie entendió al principio, pero sus palabras eran claras: cada familia debía entregar vidas, tantas que apenas quedamos para contarlas. El llanto de los niños y los gritos de las madres todavía me taladran la cabeza.

Dijo que con ellos nacería la fuerza de nuestro porvenir. El silencio fue absoluto hasta que sus amenazas nos quebraron:

“¿Será por voluntad propia… o por la mía?”, tronó su voz.

Durante horas vimos cómo los cuerpos eran llevados al altar. Había tanta sangre que la tierra parecía beberla sin saciarse. Yo pensé que todo terminaría ahí, en una carnicería inútil, pero entonces el aire cambió. El suelo tembló como si respirara y frente a nosotros se abrió un hueco de sombra que no puedo describir.

Yo había escuchado historias del rey Munir desde niño. Decían que podía abrir senderos entre mundos como quien aparta una cortina bajo la luz del sol. Los ancianos hablaban de ello con temor, pero también con reverencia.

Esto no era eso.

No había luz.

No había orden.

No parecía una puerta abierta… sino una herida obligada a existir.

Comprendí entonces por qué el rey desterró al príncipe.

Nashnu no heredó aquel don.

Lo arrancó.

Los soldados de Nashnu marcharon hacia dentro y después de varios días regresaron arrastrando seres imposibles. Algunos parecían hombres con ojos de bestia; otros eran bestias con rasgos humanos. Algunos no sé siquiera cómo describirlos. Venían desgarrados, sangrando, pero aún con la fuerza de resistirse. Y sin embargo, bajo las lanzas, fueron sometidos.

Yo no sabía qué pensar.

Entonces escuché un grito:

“¡Caminen!”